ESTABA TERMINANDO DE CORREGIR y calificar unos exámenes, sin notar que estaba muy entrada la noche. Los párpados le pesaban y el sueño lo vencía. Trabajando en su estudio, derrotado por el cansancio, se rindió y se dejó inclinar sobre su escritorio; en donde quedó tendido y en profundo sueño. La aldaba de la puerta de entrada de la casa sonó y se hizo escuchar por toda la casa. Habían transcurrido un par de horas. Mientras rezongaba por el inoportuno que lo despertó, y se secaba con el brazo la saliva que corría en su mejilla izquierda. Cuando se disponía, con mala gana, a abrir la puerta, la aldaba sonó por segunda vez. Llegó hacia la puerta y se fijó por la mirilla, era Eduardo con una muchacha desconocida. Pensó antes si debía abrir y qué harían esos dos a altas horas de esa noche glacial. Sin siquiera acomodarse el cabello abrió la puerta, saludó a Eduardo y pidió que pasaran. Luego, con cara de urgencia, la muchacha preguntó a José dónde se encontraba el baño. José le indicó y aprovechó la oportunidad para investigar –más por maldad, que por curiosidad-. «La traje para que charlaras con ella sobre tu problema», le dijo Eduardo. «Mmm -guturó José-, es tarde… Lo dejemos para otro día, mañana.» «Como quieras, pero ella está aquí, aprovechá», le replicó Eduardo. José doblegó.
Por MJGV